el 10 de mayo de 1881, mientras pasaba sus últimas horas de vida encerrado en la cárcel de Vitoria, situada en la calle La Paz, un reo aguardaba su ejecución fumando cuatro cajetillas de tabaco y tomando un café y una copa de moscatel. Al día siguiente, alrededor de las 8.30 horas era ejecutado por garrote en las postrimerías del Polvorín, y su cadáver expuesto a escarnio público hasta las 19.30 horas, para el macabro goce de aquellos vecinos de la ciudad que deseaban verlo muerto, pues su ejecución había causado tanta expectación que las autoridades prohibieron la presencia de niños y mujeres en la misma.

Su cuerpo fue enterrado en una fosa común del cementerio de Santa Isabel, donde permanece hoy en día. Su cabeza fue cercenada, desapareció del lugar donde le practicaron la autopsia y hoy en día se cree que permanece en una colección privada en Madrid. La ejecución de este vecino de la calle Nueva Dentro, natural de la localidad de Eguilaz, supuso a su esposa -casado con ella en cuartas nupcias- un coste total de 138,40 pesetas. Aquel 11 de mayo de 1881 moría ejecutado el reo Juan Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña, que durante unos años convirtió a Vitoria en una ciudad ensangrentada.

Conocido como el Zurrumbón por los gasteiztarras de finales del siglo XIX, y como el Sacamantecas para las generaciones posteriores, antes de que Jack El destripador sembrara el caos en el Londres victoriano durante 1888, un labrador alavés se le había adelantado en el dudoso honor de ser nombrado el primer asesino en serie de la historia.

una felicidad efímera

¿Cuerdo o loco?

Juan Díaz de Garayo vivía feliz en Vitoria con su mujer, Antonia Berrosteguieta, y sus tres hijos, Cándido, Josefa y Tomás. Nacido en Eguilaz el 17 de octubre de 1821, tenía ocho hermanos, y ya desde pequeño se dedicó a las labores de labranza para diversos amos, y conoció a su primera esposa cuando fue a servir a sus tierras. Apodada la Zurrumbona , mote del que había sido su primer marido y que posteriormente traspasó a Díaz de Garayo, Antonia y él convivieron durante años con plenitud e incluso tuvieron cinco hijos, aunque dos de ellos murieron.

Pero esta felicidad resultó tristemente efímera para Garayo, pues su esposa falleció tras trece años de matrimonio, y es aquí donde el mito del Sacamantecas empezó a cobrar forma. Su incapacidad para ocuparse al mismo tiempo de las tareas del campo y las labores de casa acabó por convertir su hogar en un lugar abandonado y polvoriento.

Buscando una solución, Garayo decidió casarse de nuevo con la valdegoviense Juana Salazar, pero la fatalidad quiso que también falleciera unos años después. "Era una mujer de carácter áspero y de violento genio", explicaba en su libro el entonces diputado foral Ricardo Becerro de Bengoa, que en 1881 tuvo la oportunidad de entrevistarse con el Sacamantecas durante sus últimos días de vida.

Tras la ejecución del Sacamantecas , los alienistas debatieron durante semanas si sus asesinatos se debían a su inestabilidad mental o si era plenamente consciente de lo que hacía. El ateneo de la capital alavesa acogió varias conferencias, como la realizada por el doctor Ramón Apraiz, que concluyó con un "deducimos que Juan Díaz de Garayo no tiene monomanía (locura) alguna ni la tuvo al cometer los crímenes", y se oponía a la reclusión del reo en una manicomio, una afirmación que, sin embargo, no era compartida por otros colegas.

2 de abril de 1870

Errekatxiki

Su primera víctima fue una prostituta, cuyo marido cumplía condena en la cárcel. Garayo la acompañó siguiendo el curso del río Errekatxiki, saliendo de Vitoria a través de la calle Portal del Rey. Cuando alcanzaron la carretera a Navarra se apartaron del camino, y le ofreció tres reales a cambio de mantener relaciones sexuales. Ella se enfureció ante tan nimia cantidad, solicitando cinco. Tal vez por tacañería, o quizás ante la posibilidad de no ver consumado su deseo sexual, Garayo se abalanzó sobre la mujer y la estranguló con sus propias manos, pero dejándole aún con un pequeño soplo de vida, un soplo que extinguió sumergiendo su cabeza en un arroyo de agua adyacente.

Muerta la prostituta, la despojó de sus ropas, satisfizo sus deseos necrófagos contemplando su cuerpo desnudo durante unos minutos y se sumergió en la oscuridad de la noche camino a Vitoria. Un criado que caminaba por la orilla del río halló el cadáver al día siguiente. La víctima fue identificada, pero el caso se cerró ante la falta de pruebas, algo que se convertiría en una constante en el resto de sus crímenes.

12 de marzo de 1871

Arana

Tan sólo un año después, el ansia de Garayo buscó de nuevo una víctima propicia, una mujer viuda con la que se topó también en Portal del Rey, y a la que convenció para mantener relaciones. Se trasladaron hasta la zona de Arana, y allí la historia volvió a repetirse. Él le ofreció poco dinero, ella pidió más, discutieron, y en medio de la disputa la estranguló. Las autoridades tampoco lograron esclarecer el caso, que cayó en el olvido. El Zurrumbón logró de nuevo un momento de éxtasis, y la impunidad de sus actos logró que Garayo creyera que su captura nunca llegaría.

2 de agosto de 1872

Gamarra Mayor

La tercera víctima fue una niña de apenas 13 años, que caminaba sola por las afueras en dirección a Vitoria. Al parecer, Sacamantecas había optado por deambular en ocasiones por estos lugares, en busca de zonas solitarias donde cometer sus asesinatos. La belleza de la muchacha -criada de una familia adinerada- turbó los sentidos del infame asesino, que no perdió ni un segundo en abalanzarse sobre ella, en silencio, arrastrándola hasta una acequia cercana y estrangulándola con un método ya perfeccionado. No la mató, al menos no en ese instante, pues sus necrofílicos deseos sexuales fueron más poderosos que el temor a ser descubierto. Yaciendo en estado agónico, la joven fue violada, muriendo posteriormente estrangulada.

29 de agosto de 1872

La Zumaquera

A estas alturas, el pánico se había adueñado de toda la ciudad. En su libro, Becerro de Bengoa desvelaba que en Vitoria existía la creencia de que entre sus vecinos había no sólo uno sino varios asesinos cuya identidad permanecía oculta. Y todo en una ciudad que "ha visto pasar años y años sin que tuviera que venir el verdugo a visitarlo". Los hombres no dejaban a sus mujeres e hijas salir solas de casa, mientras la Policía escudriñaba cada detalle en busca de la más mínima pista.

El 29 de agosto, de 1872 Garayo salió de su casa de la calle Nueva Dentro. Tenía 50 años y su segunda esposa había fallecido dos años atrás, después de haber gastado gran parte de la fortuna del Zurrumbón en la bebida. Tan sólo había caminado unos pasos cuando se topó con una joven prostituta. Se desplazaron juntos hasta el camino de La Zumaquera, aunque Garayo, para no levantar sospechas, andaba unos metros detrás de la que iba a convertirse en su nueva víctima.

Los prolegómenos del crimen no distaron muchos de los anteriores. Ante la tacañería de Garayo al ofrecerle sólo tres o cuatro reales, la mujer se enfureció, y la furia del asesino se desató. La estranguló hasta creerla muerta, y el infortunio quiso que la víctima realizara un último y leve movimiento antes de morir. Garayo arrancó una horquilla del pelo de la prostituta y se al clavó justo en el corazón, con una brutalidad desproporcionada.

7 de septiembre de 1879

Zaitegui

Al Sacamantecas le dio tiempo a casarse una tercera vez, y a perderla de nuevo por muerte natural. Apenas un mes después de enviudar, volvió a contraer matrimonio, en las que serían sus últimas nupcias, con una anciana de nombre Juana Ibisate, natural de Okina. Habrían de pasar siete años hasta que el Sacamantecas matara de nuevo, con dos intentos infructuosos por el camino, primero con una molinera que se resistió al ataque y más tarde con una mendiga que rechazó a Garayo con un doloroso puntapié en los testículos.

Tras estas frustradas tentativas Garayo consumó su penúltimo asesinato en el término de Zaitegui, con una desafortunada mujer que caminaba por la zona. Las manos del Sacamantecas volvieron a actuar como instrumentos de muerte, pero esta vez su sadismo aumentó considerablemente pues, ante la resistencia de la joven, sacó una navaja con la que la apuñaló con saña.

8 de septiembre de 1879

Araca

Una labradora de 52 años fue la última víctima del Sacamantecas . Mientras paseaba por la zona de Araca, el destino quiso que la lluvia cayera con fuerza justo en ese mismo momento, por lo que se refugió bajo un árbol situado junto al sendero, donde coincidió con su asesino, que le ofreció mantener relaciones sexuales pero halló una nueva negativa de manos de la mujer. En esta última ocasión Garayo prescindió de sus manos, y estranguló a la mujer con el delantal que ésta vestía. Mientras aún respiraba, sacó de nuevo su navaja, la apuñaló en el vientre y el corazón y la rajó para arrancar los intestinos y el riñón de la desgraciada labradora, de la misma forma que la leyenda de los sacamantecas aseguraba que hacían estos asesinos, para lubricar con ellos las vías de los ferrocarriles y desplazar así a aquel inmenso medio de transporte.

ejecutado por garrote

Captura y muerte

Uno de los alguaciles del Ayuntamiento de Vitoria más conocidos en la época, Pío Pinedo, paseaba por el centro de la ciudad un día cualquiera, sin un rumbo definido, tal vez musitando sobre el caso que venía atormentándolo en los últimos tiempos, el del infame Sacamantecas . La fortuna quiso que Juan Díaz de Garayo pasara por allí al mismo tiempo, y fue reconocido por Pinedo, quien se abalanzó sobre él al grito de "Es el Sacamantecas", y lo trasladó a la cárcel de la calle La Paz, donde pese a sus reticencias iniciales Garayo acabó confesando, primero ante la presencia del alcaide José Fresco, y después ante el llavero Juan Gimenez. Anteriormente, una niña de la villa de Alegría se había sobrecogido ante la visión del labrador que había acudido a trabajar a su casa. "Padre, qué criado más feo has traído, ¡Parece el Sacamanteca s!

La Justicia sólo tenía pruebas para condenarlo por dos asesinatos, aunque antes de su ejecución a Garayo le dio tiempo a aprender a leer e incluso a quitarse la ropa con los grilletes puestos, algo que sólo los presos más veteranos aprendían a hacer tras años de práctica. El 11 de mayo moría ejecutado por garrote, pero su nombre continúa en el imaginario colectivo de toda una ciudad.

FUENTE: Diario de Noticias de Alava












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